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Blog de Fundación Cauce

enero 2016


S 23/01/2016
Ayudar a una, por lo menos

Desde hace ocho años se traducen mis libros en Tailandia gracias a que Rasami Krisanamis, profesora de español en la universidad de Bangkok, me pidió los derechos de autor de mi novela juvenil “Cucho”, advirtiéndome que no me podía pagar ya que se dedicaba sin ánimo de lucro, a ayudar a los niños pobres de las montañas del norte del país. Se los cedí no por generosidad, sino por pereza. ¿Cómo me iba a preocupar por cobrar unos modestos derechos de autor en las antípodas?.

Esta Rasami, budista de un movimiento muy estricto, el Sancti Asoke, ha resultado ser una fuerza desatada de la naturaleza. Primero por carta, con la típica cortesía oriental, y luego en diversos viajes a España, se empeñó y consiguió que fuera a dar unas conferencias a los hispanistas tailandeses de la universidad de Chulalonghorn, en Bangkok; es tal su tenacidad, dentro de esa cortesía, que por fin no me quedó más remedio que acceder.

En Tailandia me encontré con uno de los regalos que me ha deparado la vida, en mi madurez; la amistad con el padre Alfonso de Juan, misionero jesuita, socio de Rasami en la ayuda al prójimo. Al principio, con visión de cortos vuelos, no acababa de entender qué clase de colaboración podía haber entre una budista reformista y un misionero jesuita; por el contrario Rasami no acababa de entender, cómo yo no entendía semejante colaboración. ¿Es que para hacer el bien en común hace falta pertenecer al mismo credo?

Padre Alfonso lleva cuarenta años en  Tailandia luchando en los más diversos frentes, contra los poderosos que abusan de los más débiles –refugiados camboyanos, boat people de Vietnam... – y ahora la batalla la tiene centrada en la más ignominiosa de las lacras: la prostitución infantil, que comienza en la frontera de Camboya, o en las montañas del norte del país, pero que ensucia a toda la humanidad. Es un negocio millonario, ante el que el gobierno cierra los ojos porque cree que favorece  a la industria del turismo. Y por eso se ha creado una industria del sexo –así la denominan– con agentes que recorren los pueblos pobres comprando niñas para trabajar en esa industria. Cuando esas pobres niñas se encuentran en Bangkok están perdidas; no conocen el idioma, porque se manejan en su dialecto; las maltratan, llegan a mutilarlas para que no puedan escaparse. Y acaban todas con el sida. Se convierten en niñas con secuelas irreparables, con un concepto muy bajo de sí mismas, se consideran sucias.

El clamor de mi súplica es un vídeo que ha hecho padre Alfonso –también colabora Rasami–, en diversos idiomas, que recoge la súplica de esas niñas para que no las vendan a los prostíbulos y piden ayuda. ¿Qué clase de ayuda? Educación. Como explica padre Alfonso: “Cuando conseguimos retener a esas niñas en su tierra, dándoles una educación útil, que les sirva para aprender un oficio, una profesión, el idioma, ya las hemos salvado de la prostitución porque pueden defenderse”. Para eso hacen falta becas, concepto burocrático del que yo le oía hablar a Rasami, con cierto distanciamiento, porque no sabía que detrás de cada beca podía haber una niña de 12, 13 años... – en Tailandia hay más de 50.000 prostitutas de menos de 15 años– que la estaba salvando del infierno. El programa de El Clamor de mi súplica es muy ambicioso, a nivel internacional, pero el lema final es: “Ayudar a uno, por lo menos”.

Si usted, querido lector o lectora, quiere ayudar a una, por lo menos, no tiene más que suscribir una beca de cien euros por una sola vez, que en Europa no es demasiado, pero en Tailandia cubre todo un año de escolaridad, incluido vestuario, alimentación y todo lo que precisa el ser humano para que no le obliguen a perder la dignidad. Cuenta corriente “ Somos uno”,  Entidad 2038, oficina 2495, DC 31, nº 6000192025. Si lo hace por Internet, hay que indicar que la dirección es Boadilla del Monte (Madrid).

José Luis Olaizola
Presidente ONG "Somos Uno"


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